miércoles, 30 de noviembre de 2011

Estudiar Alemania durante el siglo XX es un reto para cualquier historiador. No menosprecio con ello otros períodos, sino que hago hincapié en una realidad que es fácilmente conocida por todos: el mundo no fue el mismo después de un 30 de enero de 1933. El papel nefasto llevado a cabo por el entonces Presidente de la República Alemana, Von Hindenburg, constituiría un punto de inflexión en la historia internacional. Según lo establecido por la moribunda Constitución de Weimar, la potestad de esta figura para elegir canciller provocó el ascenso al poder de Adolf Hitler y la puesta en marcha del sistema totalitario más acabado que hemos conocido. Las consecuencias son perceptibles hoy día si echamos un vistazo a la Ley Fundamental, aprobada el 23 de mayo de 1949, luego adoptada en la reunificación como Constitución del actual Estado alemán: el Presidente de la República ostenta un cargo desprovisto del mismo valor, en ningún caso tiene poder para nombrar al canciller y su elección parte de los diputados del Bundestag y no del pueblo alemán, esto es, su legitimidad ha sido fuertemente debilitada. 

Adolf Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945 en su búnker, cuando el Ejército Rojo avanzaba inexorable hacia la histórica capital prusiana y los Aliados ultimaban los planes sobre la futura situación del país tras la exigida firma de la capitulación sin condiciones. ¿Por qué esa manera tan descriptiva de exigir la rendición? Theodor D. Roosvelt había insistido en el punto de la responsabilidad moral y se había autoproclamado el instigador de una cruzada contra el sistema nacionalocialista, el cual atentaba contra el modelo democrático patrocinado por occidente. Churchill, Primer Ministro desde 1940, era una figura mucho más pragmática y curtida. A pesar del acercamiento producido entre estas dos potencias y la Unión Soviética, los roces sobre la gestión de la victoria no tardarían en aparecer: el miedo ante la expansión del estalinismo que se cernía inexorable sobre Europa fue expresado el 12 de mayo por el presidente británico al sustituto del fallecido Roosvelt, Harry Truman: "Un telón de acero se cierne sobre el frente soviético. Ignoramos todo lo que ocurre detrás...". 

Alemania debía ser dividida. El proyecto ya había sido insinuado años antes, durante la reunión de los tres Ministros de Asuntos Exteriores de las potencias aliadas en Moscú (del 19 al 31 de octubre de 1943). Cordell Hull propuso la división de Alemania en tres zonas y de Berlín en los respectivos sectores. A pesar de todo, la formulación definitiva de este proyecto tuvo lugar durante la Conferencia de Yalta de 1945, donde Francia obtuvo un área ante la insistencia británica, que hubo de lidiar con un débil entusiasmo estadounidense y un rechazo rotundo de la Unión Soviética. El germen del nacimiento de los dos Estados que simbolizarían la Guerra Fría, al fin y al cabo de dos mundos, no había hecho más que empezar.   


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