jueves, 24 de noviembre de 2011

Se pasó los cincuenta años que restaron de su vida yendo al jardín al atardecer. Cuando era joven lo recorría a zancadas, de acá para allá, buscando sus flores preferidas. De mayor le temblaban las manos, pero eso no evitó que continuase arrancando los pétalos hasta exprimir su aroma. Al llegar al cementerio se arrodillaba, reunía un puñado de tierra y la frotaba contra sus dedos. Cada día hacía un montón que besaba antes de marcharse. Pasado el tiempo dejó de verse el nombre y la edad bordadas sobre la lápida, aunque el jardinero y su orgullo alemán le empujaban a arreglar aquel desastre, al menos los primeros años. La persistencia, ese instante perro de todas las rendiciones, ya se sabe.

De pequeño no había aprendido a escribir y muchos le consideraban un idiota. "Apenas podrá recordar cómo se llama", susurraban algunos. Otros le insultaban directamente, a plena luz del día, con el sol en su cúspide. Nunca les respondió. Tampoco se defendió de los que le consideraban culpable. Cuando llegó el día no pudo emitir más que algunas palabras temblorosas para disculparse, para lamentar no haber estado allí. No hizo falta más para que nadie le creyese. Los que lo hacían, una minoría, le hallaban responsable en buena medida igualmente; menudo idiota. Idiota. 

El día que murió lo hizo en silencio, como desde aquella noche en que se había jurado no volver a hablar. Prefería encogerse de hombros ante las preguntas directas. Sólo tocaba las cosas para señalar que las quería, y apenas ladeaba la cabeza cuando se negaba a algo. La gente en la ciudad vive deprisa. Nadie se entera de la vida que desaparece, pero es diferente. Como el verso tan tonto de la música callada y la soledad sonora, mucho alborto, mucho ruido para tan pocas nueces. De pequeño no había aprendido a escribir. Pero de mayor comprendió que sólo quería decir algo cuando no pudiese, así que comenzó por garabatos y terminó en una cursiva de trazo ligero, en una delicia de caligrafía que hablaba de otra vida. Eso le gustaba. Lo de la otra vida.

El día que murió. Menudo día. A sus pies cientos de hojas manchadas de tinta habana fueron la primera voz de alarma de una historia que había que reescribir. 

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