jueves, 1 de diciembre de 2011

Se quedó mirando aquella cara de niño que crece demasiado deprisa. No le sugería nada. La voz era desagradable, grave en exceso, algo cascada. A veces se imaginaba dándole un tortazo. Sabía que su soberbia sólo ocultaba astucia. La inteligencia era otra cosa. Ella se lo solía recordar de niña, cuando insistía en que la bondad nacía de la mente clara.

 - No hay nada más difícil que clasificar a los hombres, pero llega un momento de tu vida en el que sabes que lo has visto todo. La maldad y la astucia suelen ir de la mano, pero no son inseparables. Hay malos que se pueden volver buenos. Ya sabes, el cuento de la eterna redención. Sólo los diferenciarás si escuchas y observas. Con los otros es más difícil. Conocerás a alguien cuando sufra cerca de ti. Ante una putada la oferta de reacciones es variada. Si en ese instante ves que la cara del otro cambia, o que le mete una ostia a una puerta, estás ante una persona buena; la inteligencia se caracteriza porque es incontenible. No te estoy hablando de 100 ó 140, te estoy hablando de algo más profundo y complicado: la capacidad de empatía, de ponerse en el lugar del otro. Eso conlleva un esfuerzo tan radical que sólo hemos hecho a los dioses omniscientes.

Levantó la cabeza y volvió a mirarle, sonriente e imperturbable. Sí. Lo de la ostia era un acto de redención.

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