Se apoyó en la barandilla del río y miró el agua. Como tantas otras personas de su generación, tenía el sentimiento de que el tiempo le había fallado, y de que la literatura sólo contribuía a llenar esperanzas que se desvanecían gracias a las dosis de realidad cotidiana. El mundo había cambiado hacía mucho.
A la última que se llevaron fue a su tía. El orden cronológico resultaba inestimable en un proceso que quería caracterizarse por su limpieza y eficacia. Con un mono azul, demacrada, la imagen de su mano balanceándose en el aire le resultaba todavía familiar. Habían pasado muchos años, pero no importaba. Él se sentía como un extraño; sabía que era un desertor. Era cuestión de tiempo que ellos lo descubriesen, y a veces, antes de dormirse, imaginaba escenas en las que se zafaba de los guardias o se suicidaba. Recordaba a su madre. Todos habían desaparecido.
Se metió las manos en los bolsillos y estrujó con fuerza el papel. Su partida de nacimiento era el pasaporte para un posible reencuentro, pero quizá estuviesen todos muertos. Pensó que podía ser peor que continuasen viviendo. La prensa fue clara: debemos erradicarlos, no puede quedar ninguna huella de ellos, acabemos con la memoria de esos bastardos. Si no los habían condenado a trabajar hasta la extenuación, existía la posibilidad de que hubiesen sido gaseados. Se resistía a pensarlo. Se decía a sí mismo que aquello habría sido como perpetuar el siglo XX, como prolongar aquello que querían extinguir y con lo que ya casi habían terminado. Por entonces poca gente advertía el salto de tiempo en los libros; los que se percataban, desaparecían si lo manifestaban con demasiada insistencia. Otros, los más ingenuos, se contentaban con pensar que era un error de tipografía global.
Sonrío. Recordó el primer castigo en el CR, el Centro de Reformación, colegios especiales surgidos tras los Juicios. Llamó nazi al conserje. El conserje era un hombre calvo, con un bigote recortado y ojos abombados. Le había recordado a una fotografía que su tía le dejó antes de marcharse. Aunque había sabido de inmediato que acababa de cometer un error, no pudo dejar de sentir orgullo durante la rueda de preguntas a la que le sometió el director. Como tantos otros, desconocía el significado de aquella palabra, no obstante presente en el Índice de Vocabulario No Permitido. Durante cuatro días, privado de comida, se le forzó a escribir una disertación sobre el Amor y la Bondad.
Sacó el papel del bolsillo: nacido el 31 de diciembre de 1999. Él era el último hijo del rayo.
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