Por aquel entonces vivía en la luna.
Las alegrías mundanas me estaban prohibidas,
mientras cultivaba violetas y cantaba en balde,
y le echaba una mano a los gatos perdidos.
Joder, serás cabrón.
Joder. Pobre de mí.
Una tarde de lluvia alguien llamó a mi puerta.
Abrí corriendo, porque sin duda sería otro gato;
pero en nombre del cielo,
menudo felino el que llegó con la tormenta.
Eras tú, eras tú, eras tú.
Con los ojos de surcos pistacho,
posaste sobre mi corazón tu pata de terciopelo.
Afortunadamente para mí no tenías bigote,
y tu virtud tampoco importaba demasiado.
Pero en cada rincón de mi vida de bohemio
paseaste, paseaste el fuego de tus veinte años.
Y para mí, para mis gatos, para mis flores, mis poemas,
fuiste la lluvia y el buen tiempo.
Pero el tiempo pasa y nos abate ciegamente.
Nuestro amor se moría nada más empezar,
quemabas mis canciones, escupías a mis violetas
y te dedicabas a putear a mis gatos.
Pero el colmo fue, miserable cerdo,
que al no quedar nada más en la despensa
huyeses sin escrúpulos, y por un filete
te tirases a la cama de la carnicera.
Así que se acabó, sobrepasaste el límite.
Y renunciando a los fríos amores mundanos,
volví a subir a la luna llevando mis cuernos,
mis canciones, y mis flores, y mis gatos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario