domingo, 31 de julio de 2011

Experiencias de un viaje I

Ir a Auschwitz es, como escuché de forma muy acertada de boca de un alicantino, "una cita obligada con la Historia". Cabría preguntarnos a qué nos referimos cuando invocamos un nombre de amplia bibliografía y resonancia, no sólo histórica, sino también cinematográfica y literaria; ¿es una concreción, una coordenada que recae sobre un pueblecito cercano a Cracovia llamado Ósweçim, o se trata de algo que ha trascendido su dimensión tangible para conceptualizarse? 

Parece que el camino de la violencia era el mismo que habíamos elegido recorrer en este viaje. Transitando el territorio balcánico, y pudiendo apreciar la presencia constante de Srebrenica en Bosnia, nos dirigimos al norte, donde se nos revelaron los balazos de la Segunda Guerra Mundial en las fachadas de Budapest. El siglo XX es una huella imborrable en Europa, una presencia extraña que trata de taparse pero sin disimulo, como la marca que queda en la piel tras arrancar una cicatriz antes de tiempo. ¿Se puede aceptar que hubiese prisa por dejar atrás velozmente, poniendo en peligro la memoria? No. Por vez primera, el historiador puede rastrear la vida de seres humanos que en otros períodos habrían sido anónimos; es más, puede salvarlos de un intencionado anonimato al que se quiso conducirlos desde cámaras crematorias. Puede salvarlos de una marca candente en la piel con letra y número. Primero, en Auschwitz se fotografiaba desde tres perspectivas a los internos. Luego se abandonó esta práctica. Sus rostros terminaban siendo irreconocibles. 

La visita de Auschwitz-I me dio vergüenza ajena. En la puerta, una chica con pinta de animadora de instituto americano llamaba la atención de los autobuses de turistas que pasaban al campo, situado ahora junto a un recinto con hoteles y pizzerías. Las salas del museo están atestadas, siendo casi imposible pasear por algunas dada la multitud de visitantes y guías que las invaden, formando ríos humanos (ríos, por cierto, chillones y en muchos casos maleducados). Como bien apuntó una de mis amigas, surge la paradoja sobre si se debe hacer accesible la sensibilización de lo ocurrido en aquel lugar promoviendo una alta afluencia, o vedar y limitar el paso. En mi opinión, que se ofrezca la visita de Auschwitz como una atracción para extranjeros promovida por oficinas de turismo es el colmo de la vergüenza, así como una manera bochornosa de desvirtuar lo que allí tuvo lugar. Auschwitz II - Birkenau es menos visitado. Muchos turistas se dan por satisfechos con haber visto el primer recinto (famoso por la cruel frase que corona su entrada, "Arbeit macht Frei", en español "el trabajo hace libre").

Auschwitz II - Birkenau es enorme. Muchas partes del recinto fueron destruidas por los propios nazis en el intento de borrar la huella de las matanzas allí cometidas, de tal modo que los caminos que lo surcan están enrojecidos por los ladrillos que se desplomaron sobre la tierra. El bosque, verde y propio del norte de Europa, se abre por todas partes y rodea el lugar. No se oye nada más que el sonido de las hojas de los árboles al ser rozadas por el viento, así como el de los propios pasos. A los lados, de vez en cuando, hay carteles explicativos que se pueden leer o no, pues la conservación es suficiente para entender; y aún así, no es el sentimiento, al menos en mi caso, de dolor el que invade el cuerpo. Se trata de paz, de calma, de comunión con el que probablemente sea el verdadero significado de la muerte: descanso. 



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