jueves, 10 de noviembre de 2011

Su infancia floreció entre colores teja y otros suaves, entre recuerdos de una calle parcialmente soleada y aquel rayo de luz que nunca supo si soñó. Si el tiempo no fuese como ese agua que se escapa en las manos, como esa risa de niño que retumba en las paredes hasta perderse; si pudiera tomar entre sus brazos todos los recuerdos y crear con ellos un mosaico de vida. Sonaba un pulso lento y perpetuo. Era mentira que el final fuese un suspiro o una agitación nerviosa del pecho que añora. Tenía que haber algo más a lo que sujetarse, había que creer en el hilo invisible que crece como una procesión de hormigas y se deshace en la boca titubeante. Quizá volvería a convertirse un grito ahogado en carcajada. Quizá decidiera volver a pararse a abrazar farolas para que le susurrasen los secretos del juego invisible. Vivir como una forma de fe, y cada oración una herida curada como la cicatriz de un corsario. Y de nuevo el olor a lilas de la infancia. 

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