lunes, 5 de diciembre de 2011

Madrid era una ciudad de perros y gatos. Una ciudad agradecida, en la que quedaba fuera de lugar el romanticismo de tarde de lluvia y paseo bajo un paraguas tembloroso. Perros y gatos, esquinas malolientes, agua sucia corriendo entre adoquines machacados. Madrid, una ciudad olvidada. De olvidados.

¿Pero cuál era el placer de olvidar? Conocía ya a muchos que torcían el rostro encantados. El dolor era la génesis de esos sonámbulos que portan una rosa muerta en el pecho. De niño robaba periódicos y recortaba titulares siniestros, anhelando encontrar la hebra escarlata con la que bordar la suya. El motivo para escribir una historia debía hallarse en el sufrimiento sordo que insinuaba un mal sueño. Cada muerte, una roseta de granito resplandeciente en el cementerio, cada coche que olfateaba lo más bajo de la Gran Vía. Olvidar no era un placer. Olvidar constituía el día a día de un muerto. Su silencio roto. El último sueño de inmortalidad. La lucha inútil frente a aquello de lo que no vamos a escapar.

***

4 de diciembre

Miguel me regaló un flexo en el último cumpleaños. Lo uso ahora, mientras garabateo estas líneas. Prefiero su luz a la de la sala. Ésta tiene algo de concienzuda, bien fijada sobre donde poso la vista. Resulta tan difícil escribir. No sé si es un error dejar constancia de esto. Pero Miguel me lo pidió. Quizá por eso uso ahora su flexo. Su luz. Si no fuera por Miguel ya me habría volado la tapa de los sesos.

Dicen que cuando has vivido no tienes que tener miedo a escribir, porque lo único que haces es relatar. No creas nada nuevo. Otra vez me siento idiota, porque llevo un rato aquí, mirando al papel, y ya he empezado por el final. Quiero decir, quizá no sepa contarlo. No quiero ser obvio. El final. En el fondo no sé por qué lo llamo así. Escribir nos obliga a traicionarnos. Siempre lo he odiado por eso, pero la curiosidad morbosa por saber qué hay en nosotros es irresistible. Alimenta el ego, aunque no me guste reconocerlo. En público nunca lo haré. Voy a contar una historia propia. Voy a hablar de mi vida. Cada frase es una parte de mí.

¿Sabes?, casi me divierte todo esto, pero el juego sólo dura un rato. Luego duele, al respirar, al hablar. Por la mañana, cuando me levanto, la punzada es simultánea al recuerdo de dónde estoy y quién soy. Todavía te veo al mirarme en el espejo. Me dan ganas de escupir el mejunje de pasta de dientes y saliva, pero es una venganza infantil. Como todas. Y sin satisfacción. Sufrir no dignifica ni produce placer. Sufrir es de gilipollas. Me gustaría ser un témpano de hielo o una hoja pisoteada, pero no alguien roto. A esto me refría con haber empezado por el final. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario