Nunca jamás diría todo esto en público. Me han educado para la contención y el mantenimiento de una pose moderada y diplomática. Por elección propia, conservo todavía firme mi visión incorruptible de valorar siempre a una persona por encima de su idea. Pero a veces te cansas (será la resaca de la ola pepera). Es el silencio perpetuo al que estamos sometidos los que odiamos provocar. Allá va la perorata sin sentido.
Mi país es una perfecta mierda, una mierda ejemplar, una mierda aromática que huele a cirio y a iglesia cerrada. Mi país vivió una Guerra Civil en la que se masacró entre sí, provocada por unos militares más paletos que el puto Paco Martínez Soria con una boina. En cualquier democracia europea alardear o ser permisivo con una dictadura es algo penado por la ley. En España, Franco duerme en esa monstruosidad de mausoleo que parece sacado de la decoración de El Señor de los Anillos. La comparación no es baladí. A su señora la llamaban la Collares. Y un poco de Gollum sí tenía.
Por la contra, el IPO (Izquierdismo Patrio Oficial, c'est-à-dire, "se me pasa el fervor rojo cuando me subo al Mercedes o cargo el i-pod") manosea lo que supuso la República, desvirtuándola y convirtiendo pulseras y camisetas con su bandera en piezas de merchandising para púberes imberbes con ansias insurgentes. Restándole importancia. Eso en el mejor de los casos. También están los hijos de la KGB y la Stasi, a los que se les llena la boca cuando hablan de la Unión Soviética y la RDA. Lo metes al horno, aderezas una cucharada de decepción y "realismo", et voilà! En veinte años tienes al ejecutivo tipo contándole batallitas a sus hijos, un tanto decepcionado de que los grises no existiesen en su juventud. Porque no se trata de hacer crítica, sino de ver con ojos soñadores un pasado repulsivo. Con masoquismo juvenil, "qué putada la represión, pero ¡qué morbo tía!". Frivolidad, camino inevitable de antiguas suscriptoras de la Súper Pop.
Por la contra, el IPO (Izquierdismo Patrio Oficial, c'est-à-dire, "se me pasa el fervor rojo cuando me subo al Mercedes o cargo el i-pod") manosea lo que supuso la República, desvirtuándola y convirtiendo pulseras y camisetas con su bandera en piezas de merchandising para púberes imberbes con ansias insurgentes. Restándole importancia. Eso en el mejor de los casos. También están los hijos de la KGB y la Stasi, a los que se les llena la boca cuando hablan de la Unión Soviética y la RDA. Lo metes al horno, aderezas una cucharada de decepción y "realismo", et voilà! En veinte años tienes al ejecutivo tipo contándole batallitas a sus hijos, un tanto decepcionado de que los grises no existiesen en su juventud. Porque no se trata de hacer crítica, sino de ver con ojos soñadores un pasado repulsivo. Con masoquismo juvenil, "qué putada la represión, pero ¡qué morbo tía!". Frivolidad, camino inevitable de antiguas suscriptoras de la Súper Pop.
Mi país simboliza la aridez, no por su clima, sino por el estatus mental de los que lo reivindican con fervor. Mi familia ha vivido en España siglos, literalmente. Si tuviese que buscar unas raíces, si tuviese que adoptar esa actitud de apasionamiento estúpido que supone creer que tu tierra es mejor que la del vecino, podemos convenir en que tendría un argumento estupendo. Para ponerme una peineta, quiero decir. Para ir a la plaza de toros y dejar que algún pijo gilipollas, hombre-antorcha si se terciase acercarle una cerilla al pelo engominado, me cortejara. Mi respuesta a tan castiza seducción sería de refrán: zorra con piel de mojigata, confesión dominical, pecado de carne. Oh, qué bello futuro, con ropa sujeta por cinturones que portan la ruda bandera nacional bordada, con paseos por la Castellana el 12 de octubre, con hijos como conejos en mi madriguera-mansión opusdeísta. Ah, la España cañí, el Spain is different.
¿Es esto mi país? Bien, no me reflejo en él. NO Y MIL VECES NO. Una identidad cultural puede ser cualquier cosa, pero jamás un esfuerzo por reafirmar la decadencia y el comportamiento acrítico, hijos del peor costumbrismo. Francia tiene la misma capa de roña.
Yo no soy de ninguna parte.
P.S. Lo único que le agradezco a mis orígenes es la lengua y la literatura. Hannah Arendt, al ser interrogada en una entrevista sobre si añoraba Europa, contestó que no y que lo único que le quedaba de ella era la lengua materna, pensar la poesía alemana, pensar su alma y su vida.
Eso es todo, España. Por lo demás puedes irte a la puta que te parió.
Voz en off: final de la rabieta. A dormir corderito.
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