La nube radioactiva saltó como el esperma de un dios furibundo, pero sólo engendró muerte. A los niños perdidos se les llamó hijos del rayo. Nacieron al atardecer de un siglo de dolor y sangre, cuando el hombre descubrió que la exuberancia del miedo es lo que hace posible la vida. La rabia los asistía en un páramo desierto; inocentes, como Caín, sus lenguas blasfemas sólo clamaban venganza a Dios.

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