Para M.
Tenía la nariz recta y grande, unas orejas enormes y los ojos azul grisáceo. Su rostro no era feo, porque la exageración de las facciones configuraba un canon que armonizaba el conjunto. Cuando hablaba lo hacía con fuerza, aunque detestaba las discusiones violentas y pasionales. Había quien lo consideraba frío en extremo. Otros, desagradable o idiota. Pero la verdad era que el temple de su comportamiento solía provocar una indiferencia general. Siempre le observaba a escondidas, jugando a las cartas.
- ¿Sabes que los ojos grises son un símbolo de inmortalidad?
Apretaba los labios de rabia. No tenía nada de especial o sobresaliente, no ofrecía absolutamente nada nuevo, y sin embargo lo único que sugería era felicidad y paz. Envidiaba en silencio aquella suerte que poseen las almas tranquilas. Para él el destino había sido otro. La inquietud se agitaba a cada paso que daba. Su infancia siempre estuvo en el filo de la contradicción: por un lado, la visión de cómo podía ser una vida, y por el otro, el sentimiento de que algo así sería inalcanzable. Cuando se marchó, sólo quedó de él una fotografía en la repisa, con la cabeza inclinada. El rostro estaba envejecido, pero solemne. El tiempo pasó y la olvidó. Pero los ojos grises lo siguieron de cerca, y sólo lo comprendió cuando ya no tenía sentido entender nada.
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