sábado, 10 de diciembre de 2011

Me llevaba cogida de su mano. En el fondo mi brazo colgaba de ella, pero yo la aguantaba queriendo marcar el recuerdo de la presión que queda entre dos pieles. Las manos son ásperas. Sobre todo las mías. Me daba asco la crema y sólo la consentía antes de dormir. El camino era una carretera, pero ese sendero recortaba la distancia. Como todos los atajos nadie sabía quién lo había abierto. Hacía mucho calor. Era normal en verano. No tiene nada de especial indicarlo. Sobra si me hubiese propuesto describir. Pero yo quiero dejar de escribir. Scott Fitzgerald decía que las personas tenemos un límite de sensaciones para experimentar. A lo mejor lo ha dicho cualquier otro. No me importa. Estaba el quedarse mirando el aire desde un taxi lejos de casa y querer hacer una fotografía en la memoria y dejar que el aire por la ventanilla humedeciese las pupilas artificialmente. Es difícil no saber llorar. Los ojos se quedan secos mientras los demás derraman ríos, manantiales de lágrimas y tú te esfuerzas en pensar cosas tristes bordeando siempre ésa, sin querer llegar a tocarla. Cuando no sabía llorar tenía un privilegio y una condena. Qué mentirosa es la lengua, ¿cuál es el sujeto? Madurando de verdad descubres que es un castigo. Pero sólo por sus consecuencias, no por lo que lo haya provocado. Es decir, no es una falta propia. No creo que sea una falta propia. Una falta propia. Una falta propia. Una falta propia. 

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