jueves, 8 de marzo de 2012

Abrí la puerta y me encontré al cuervo. Colgaba de la lámpara, con el cuello dislocado y medio desplumado. Parecía un mocho de aquellos que usaba mi madre los domingos. No había sangre. El tipo de la cara desfigurada me miró desde el fondo de la habitación, como si aquella no fuera mi casa. Tenía la cara empapada y pensé en la peste bubónica. Las lágrimas se fundían con el sudor y todo corría por sus cicatrices como un hormiguero inundado por un niño. Estaba hinchado como una puta del Tíber y parecía que en cualquier momento iba a emanar un chorro de mierda de su cabeza. Entonces me acordé de la Virgen muerta y tuve que clavar las rodillas en el suelo para soltar una carcajada brutal. Me nació del pecho. A lo mejor fue una náusea. Él descolgó al bicho y se marchó. 

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