Las puertas se cerraron con un ruido sordo. Ensimismado, parpadeó con fuerza, tratando de deshacerse de aquella expresión atolondrada que siempre le acompañó. Se apartó el pelo de la cara, recostándose. El metro le producía tristeza. Revelaba visiones de la infancia. Le recordaba las reprimendas de su madre, incesante en sus provocaciones, tratando de causar en él algún sentimiento que rompiese esa melancolía incontestable. La incomprensión de su padre. El silencio cómplice del hermano. Quizá había pasado demasiado tiempo lejos de casa. En una ciudad que no era la suya, los días tristes desencadenaban la idealización de un pasado aburrido. Los alegres atizaban la memoria con crítica descarnada y mordaz. A veces había tratado de escribir sobre su vida en el país que abandonó, pero descartaba la tarea al poco de comenzar. Deseaba plasmar vivencias, no ficción. Pensaba con desagrado en la literatura, él, lector voraz. Sólo era un mal necesario. Un pasatiempo. Un vicio para maquillar sus carencias propias de niño abandonado.
¿Por qué se marchó? No había ninguna buena razón. Sus meses lejos de casa tampoco habían satisfecho el deseo de experiencias memorables. Algunos de sus amigos, verdaderos fugitivos, encontraban en la distancia un medio expiatorio. Él, sin embargo, recelaba de la mística que los envolvía: escapaban del padecimiento de culpa. No eran mártires, sino cobardes, asustados de sí mismos.
- Huele a podrido cada vez que abrís la boca.
Se estiró las mangas del abrigo. Quizá su actitud era fruto de la envidia, de una vida sin razones para tomar ninguna decisión. Carecía de convencimientos perdurables o políticos, pero recordaba con gracia los años reivindicativos de la juventud. Conocía lo suficientemente bien su país como para no abandonar la decepción. No había razones para pensar que la violencia era antesala del mundo profundamente humano con el que algunos escritores se esforzaban en retratarlo. Sus visitas, durante años breves, confirmaban lo que le decía la intuición: su sociedad, anclada en la fe de los descreídos, batallaba por hacer recio el conservadurismo hipócrita, en absoluto ancestral, de la brutalidad diaria. Y sin embargo decidió volver a Madrid. Muchos de los que proclamaban la desdicha del apátrida se extrañaron. Aquel hombre, con el silencio por doctrina y tono mordaz en el habla, tenía algo que hacer allí.
- Pero bueno, tú, Luis, siempre tan escéptico, tan canalla con nosotros y nos dejas, justo ahora, con el temporal que no escampa.
- Sois unos mierdas. Lo único que teméis es que la lluvia no os cale los huesos.
La nostalgia por su refugio de tantos años no se manifestó jamás. Tampoco lo invadió la alegría al llegar al aeropuerto, donde fue recibido por un grupo de fanáticos del fútbol. Las primeras semanas transcurrieron sin que fuera consciente del cambio. Algunos antiguos compañeros de facultad le habían telefoneado, encantados de hablar de sí mismos, empleando un tono familiar que le resultaba violento y desagradable. Surgieron los primeros planes de reunión para puestas al día que no le interesaban. La mayoría, casados y con trabajos estables, hablaban con obsesión de las tardes en la Plaza del Sol. El alcohol deslenguaba frustraciones y suspicacias contra el extranjero, que respondía con sonrisas incapaces de ocultar su malestar. Tras los primeros meses, el frenesí por su regreso fue desapareciendo. Todos, felizmente asqueados, acusaban esas noches como una degradación de la memoria a la que debían poner fin. Luis se alegró de que se volviesen ocasionales. Estaba seguro de haber escapado del reproche cuando un día de julio, borracha y patética, Claudia lo abordó.
- Tú te fuiste por ella, venga, reconócelo de una puta vez. La verdad es que fue una zorra, pero Luisito, hijo, todos te queríamos, entre todos habrías olvidado y ahora no tendrías esa cara de muerto, de idiota.
- Cierra la boca – le espetó Mario, su marido -. No le hagas caso. Bebe y no sabe lo que dice.
Al silencio lo sucedió el intercambio de miradas. Claudia había empezado a reírse, con la cabeza hacia atrás, descontrolada. Siempre fue una descerebrada, pero no había nada que reprocharle. Sabía que el grupo ocultaba una alegría interna y que las caras de desconcierto no eran tales: alguien por fin había formulado la pregunta, dicho lo que en realidad nunca comprendieron, lo que tanto debatieron las semanas siguientes a una partida que se había anunciado con un somero “me marcho”.
Luis apagó el cigarrillo y la miró fijamente, imperturbable, hasta que las carcajadas cedieron y pudo notar su sonrojo. Sentado frente a él, Marcos fue incapaz de contener el tic nervioso en la pierna, reservado para las grandes ocasiones.
- Espero que no pienses eso de ella de verdad. Eráis buenas amigas.
Claudia soltó una risotada nerviosa.
- Todos vimos cómo fuiste de culo y cuesta abajo después de aquello. Tenemos claro quién fue quién. Las lealtades, Luis. Las lealtades.
- ¿Acaso os contó ella algo, os lo llegó a explicar? - carraspeó, tratando de disimular la curiosidad y satisfacción con la seguridad del que calla más de lo que dice – No todo es como parece.
- Fuiste de culo y cuesta abajo, joder. No me vengas con milongas. Vuelves y sigues hecho un trapo.
Necesitaba tiempo. Buscó el paquete de tabaco y encendió otro cigarrillo. Divertido, se percató de que Laura, denunciante recurrente de los malos hábitos de los fumadores, guardaba silencio, atenta. No sabía qué hacer. Se preguntaba cuál era el sentido de que entonces, cuando la indiferencia a las emociones le hacía vivir en una tregua constante, recordara. Fumando con parsimonia, vio de nuevo los ojos infantiles y crueles, las mentiras fabricadas en una competición por provocar dolor, rabia, por debilitarse mutuamente. La victoria sólo era garantizada si uno era derrotado sin paliativos y destruido, anulado. Él creía que encontraron la forma más honesta de amarse, siendo incapaces de separarse, entregándose a aquel juego de desprecio mutuo que terminó con brusquedad.
- Claudia, simplemente no funcionó. No saquemos miserias, anda.
El metro se detuvo. No se encontraba demasiado bien, pero era su parada. Cuando alcanzó la calle tenía ganas de vomitar. Era marzo. Hacía un día soleado pero frío, con aire cortante; eso le repuso. Algunos pétalos del ramo que estrechaba con puño cerrado se caían en la acera, dejando un rastro de lilas que lo acompañó hasta la puerta del cementerio. Tranquilo, lo recorrió sin prisa, concentrado en repasar la lista de la compra. Aunque caminaba firme, se entretenía en ocasiones, sorprendido por el cuidado de algunas tumbas, macabras y ridículas. Incluso vio un funeral.
Perdido en el bosque de mármol, encontró aquel que llevaba escrito su nombre. Con una mano apoyada sobre la piedra helada, dejó las flores, casi tallos desnudos. Su sonrisa y palabras aún hieren la tierra:
- Gané.
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