- ¿Y tú, qué buscas?
Sacudió los azucarillos y comenzó a desenvolverlos con parsimonia, con los ojos fijos, barriendo de vez en cuando con las manos los restos que saltaban sobre la mesa.
- El mundo no es justo ni moral. Los hombres, en sentido estricto, tampoco. Espera. No me llames relativista tan pronto, ni me hables de azares, de idas y venidas y de gente que cambia. Todos tenemos una naturaleza. No importa que la biología demuestre lo contrario, o la psicología analice y trate de ayudar a cambiar, porque sólo está en ti mismo esta posibilidad. Déjame que me explique. Existe una naturaleza, insisto, que se define por una única elección: bien o mal. Hay gente buena y gente mala. Luego hay gente mala que lucha por ser buena. El conocimiento de la maldad, en estas personas, permite comprender cómo se manifiesta la bondad, y cuando es verdadera y no máscara de engaño. Ellos viven en la tensión moral porque han elegido luchar contra sí mismos. Es algo particular, no intrínseco a un mundo donde hay de todo. El malo que lucha por ser bueno debe proteger a los otros, a los bondadosos. Debe mentir, engañar y traicionar porque sabe por sí mismo cómo obrar así, porque su conciencia está preparada para el sufrimiento de no pedir perdón y asumir la culpa y el castigo de sus actos. La justicia es un fin que te destruye en su camino, pero que obtenida crea cierta paz para los otros.
- No has respondido. Dime qué buscas.
- Confío en la gravedad, en un centro. Busco a una persona que sirva de eje, una persona bondadosa que sea mi eje. Busco a una persona a quien dar mi lealtad y proteger mientras me consuela con lo único a lo que puedo aspirar, que es que al final, tras el camino recorrido, me salve.
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